Dos policías, un asesino y cero presupuesto municipal
El protagonista es Dick Slater, detective quemado por la vida, por el trabajo y probablemente por el café de la comisaría. Es prácticamente el policía cliché hecho personaje: cansado, malhumorado y con esa energía de tipo que está a dos trámites administrativos de mandar todo al demonio.
A su lado aparece Robbie Knox, un novato entusiasta que funciona como contrapunto perfecto. Si Slater entra a una habitación esperando encontrar un cadáver, Robbie todavía parece convencido de que quizá haya torta.
Los dos investigan una serie de asesinatos cometidos por el llamado Skin Stapler, un muchacho —por decirle de alguna manera— cuyo hobby consiste en despellejar víctimas y engrapar la piel a las paredes cercanas mientras deja grabaciones distorsionadas para burlarse de la policía.
Sutileza no hay.
Pero The Skin Stapler tampoco intenta tenerla.
La gracia está en que no vemos toda la historia desde los ojos de estos dos policías. En distintos capítulos también controlamos a varias de las futuras víctimas y conocemos un pedacito de sus vidas antes de que terminen formando parte del caso.
Con varias de ellas nos toca incluso laburar: atendemos clientes, recorremos negocios y hacemos pequeñas tareas cotidianas que parecen completamente mundanas hasta que, como podrán imaginarse, todo se va al demonio.
Ese detalle funciona mejor de lo que parece porque antes de convertir a cada personaje en otra pieza del caso nos deja pasar un rato con ellos. No son simplemente “la próxima víctima”: conocemos su entorno y entendemos un poco mejor dónde encajan dentro de esta ciudad podrida.
Fefe, la chica con la que comienza la historia, es diferente. A ella la conocemos sola en su departamento, durante una tormenta, cuando se despierta y decide prepararse un matcha a medianoche —“Midnight Matcha”, nombre de banda indie, anoten— antes de que la noche empiece a ponerse fulera.
Muy fulera.
No voy a contar más porque acá el argumento es buena parte del atractivo.
Pero jueguen con auriculares.
Después me agradecen.
¡Paren de engrapar gente, degenerados!
The Skin Stapler no quiere convertirse en una máquina de sustos cada treinta segundos. Prefiere incomodar, meter situaciones grotescas y jugar bastante con el humor negro.
Y para mí eso es algo bueno.
El juego sabe perfectamente cuándo ponerse desagradable y cuándo cruzar alegremente la frontera hacia el absurdo.
Uno de los mejores ejemplos aparece cuando nos toca laburar detrás del mostrador de un videoclub especializado en horror y terror, de esos lugares donde uno podría pasarse media tarde revolviendo estanterías llenas de VHS con carátulas espantosas.
Entra un cliente, agarra una película y uno supone que va a hacer lo que hacemos todos desde que existe el comercio: pagarla y llevársela.
Error.
El tipo decide metérsela entre las nalgas para salir del local.
Sí.
Leyeron perfectamente.
Hay momentos donde uno directamente se queda mirando la pantalla preguntándose qué demonios acaba de presenciar.
Y justamente ahí aparece uno de los rasgos más particulares del juego: lo desagradable y lo gracioso viven pegados uno al otro. Algunas situaciones son deliberadamente grotescas; otras son tan exageradas que uno termina largando una carcajada en el momento menos apropiado.
Pero esa mezcla rara le queda bien.
The Skin Stapler no parece demasiado interesado en traumatizarnos. Quiere incomodar, sorprender, hacer algún chiste de pésimo gusto y después volver a hundirnos en Carrion City antes de que podamos acomodarnos.
¡Mirá mamá, parece una PlayStation!
Visualmente va directo a buscar esa estética PSX que ya conocemos de una bocha de indies de horror: modelos low-poly, texturas deliberadamente sucias, iluminación agresiva y personajes que parecen haberse escapado de algún CD encontrado atrás de una estantería en 1998.
Pero está muy bien usada.
No se limita a ponerle un filtro pixelado arriba y cobrar entrada.
Los departamentos, negocios, callejones y demás lugares que visitamos comparten esa sensación de decadencia que necesita Carrion City. Hay mugre, luces enfermizas, interiores incómodos y personajes lo suficientemente particulares como para que cada cambio de escenario se sienta distinto.
Además, como cada capítulo nos manda a un lugar nuevo, el juego consigue variedad sin necesidad de inventar veinte sistemas diferentes.
Eso sí, me hubiese gustado que revisar cada rincón tuviera un poco más de premio. Hay ventanas, pasillos, habitaciones y objetos que invitan a meter la nariz, pero rara vez encontramos secretos interesantes o algo que justifique realmente desviarse.
No es grave.
Pero ahí había margen para rascar un poquito más.
8 respuestas
Muy interesante y diferente
Me identifiqué con el poli curtido por la rutina jajaj pero muy bueno este tipo de terror q además creo q trata de hacernos meter en el personaje
Slater quemado por el laburo y el café de la comisaría, me representa más de lo que me gustaría admitir un lunes. Compro totalmente: dura lo justo, tiene gore clase B(siempre un buen plus para mi), me ahorra juntar 500 coleccionables al pedo y me hiciste escupir el mate con lo del cliente del videoclub. Se va directo a la lista para jugarlo de noche con auriculares. Gran review.
muy buen análisis !!! la propuesta del juego una genialidad !!!
Me da nostalgia. Compro
El horror verdadero fue el chabon que le explotó el inodoro en la jeta jajaja
Muy bien análisis, como siempre. Es algo que nadie esperaba pero terminó gustando demasiado.
Gracias por la excelente review y recomendación, que bueno que haya tanta atención al detalle, a la estética, la historia y sobre todo a los sonidos, algo que es tan importante para la inmersión y que bien utilizado puede hacer maravillas en un juego